Un gran amor conlleva una gran responsabilidad


El siguiente ensayo fue escrito por Maureen Francois y editado y aprobado por Mary Boneno. Si tú también tienes un ensayo que te gustaría publicar que esté relacionado con la Teología y calificado con un sobresaliente, te invitamos a que te pongas en contacto con nosotros.

Escrito por Maureen Francois, Benedictine College

Traducido por Purificación Rodríguez

En el capítulo 9 de la obra The Enduring Faith and Timeless Truths que escribió Mons. Fulton Sheen se exponen varias razones por las que la anticoncepción no puede ser legal, así como las bases que justifican la inmoralidad del aborto. Además, se presentan valiosas reflexiones sobre por qué la Iglesia enseña lo que enseña, incluyendo en qué consiste el amor incondicional y lo que exige, y reflexiona sobre el don de los hijos.

Con respecto a la anticoncepción, Sheen hace hincapié en el plan de Dios en relación con la sexualidad humana y en cómo nos desviamos de Él al volverla estéril. Quizás su afirmación más convincente es aquella en la que pone de manifiesto que la anticoncepción «es una forma de excluir a Dios de la posibilidad de crear a otro hombre a su imagen y semejanza» (95). A pesar de todo el ajetreo de nuestro día a día, es necesario detenernos un momento y reconocer la bendición y el maravilloso milagro que supone la llegada al mundo de una nueva vida. Cuando ponemos intencionadamente un obstáculo en el camino, estamos diciéndole «no» al regalo de Dios.

Otro comentario importante del capítulo señala que la anticoncepción es incompatible con el amor real. El amor debe ser libre, total, fiel y fecundo. Sin embargo, con las barreras anticonceptivas y las píldoras, se aleja de todo ello. Si un hombre y una mujer no desean tener un hijo o si uno de ellos tiene una enfermedad que podría transmitirse sexualmente y por falta de autocontrol recurren al preservativo, al final queda muy poca libertad. Si uno no es capaz de decir que no a las relaciones sexuales, ¿de qué sirve su consentimiento? Ya no se trata de una entrega libre y total de uno mismo, sino de tomar el control de la entrega de la otra persona. Cuando introducimos un elemento anticonceptivo, el lenguaje de nuestro cuerpo ya no dice «Me entrego a ti y solo a ti», sino «Te tomo a ti ahora y a quien me apetezca después». Si eliminamos por completo la vulnerabilidad propia del acto conyugal, no asumimos el compromiso que nos demanda. En cuanto a la fecundidad, no hace falta decir que disfrutar de los beneficios placenteros del acto conyugal rechazando a los hijos no la favorece en el amor.

En la página 98, el capítulo analizaba la encíclica Humanae Vitae del Papa Pablo VI explicando cómo la píldora provoca la degradación de la mujer, el aumento de la infidelidad y la ausencia de incentivos que ayuden a evitar el mal. Si una pareja tiene un motivo legítimo para evitar un embarazo, el marido debe respetar la naturaleza del cuerpo de su mujer, absteniéndose durante el tiempo en que ella es fértil. Pedirle que introduzca sustancias químicas en su cuerpo para frustrar su propósito procreador mientras la utiliza para su propia satisfacción es un terrible abuso sobre su cuerpo y supone un menosprecio a su corazón.

Los hijos son una bendición del Señor y forma parte de los votos matrimoniales aceptarlos como tal. Nosotros heredamos de la primera pareja la responsabilidad de «sed fecundos y multiplicaos» (Génesis 1,28). Sin dejar de lado esta idea básica, es cierto que también existen motivos legítimos para desear no concebir. Si una pareja no fuera económicamente estable o si un embarazo pudiera suponer un peligro físico o psicológico para la madre, dicha pareja podría recurrir a la planificación familiar natural. Con ello evitarían la posibilidad de embarazo absteniéndose de mantener relaciones conyugales durante los períodos fértiles de la mujer, tal y como he mencionado anteriormente. Ahora ya hemos expuesto las razones básicas que justifican la prohibición de la anticoncepción, pero por encima de todo está el hecho de que algunos métodos anticonceptivos implican el aborto.

En este capítulo podría haber seguido presentando argumentos en contra del aborto, pero decidió centrarse en los fundamentos. Mons. Fulton Sheen advierte con sabiduría: «Quizá hasta el más materialista de los controladores de la natalidad aceptaría traer un hijo al mundo si… llegara a ser presidente» (104). Todo niño por nacer cuenta con esta posibilidad. Esta afirmación insinúa que cada bebé no nacido es una persona humana; cada vida tiene un carácter sagrado por el que merece la pena luchar. Aunque no todos los bebés lleguen a ser presidentes, todos pueden ser acogidos en la familia de Dios y esto es un regalo que no tiene precio.

Una idea que nunca había oído antes es que la anticoncepción «envía a Dios el mensaje de que se equivocó, de que no sabía lo que hacía cuando nos creó como seres fecundos y sexuales» (96). Esto ayuda a entender el panorama general: cuando Dios nos hizo, nos bendijo con deseos sexuales y con la capacidad de regularlos. Estos deseos y regulaciones están pensados para trabajar en armonía con nuestra fertilidad, no contra ella. Dios creó la sexualidad y la consideró algo muy bueno: la mente y el cuerpo humanos no están hechos para estar enfrentados.

Otra cosa que nunca se me ocurrió es que el control de la natalidad trae de vuelta el mal llevado a cabo por el rey Herodes. En un intento de acabar con el niño Jesús, aniquiló a todos los bebés. Para Sheen, todo control de la natalidad es otro rechazo sin éxito del regalo que hizo Dios a través de su Hijo (99).

Leyendo el capítulo también me di cuenta de que la anticoncepción disminuye nuestra comprensión del significado del sexo y, por lo tanto, nos insensibiliza ante la gravedad de un comportamiento impuro. Cuando despreciamos el propósito del sexo basándolo todo en la lujuria, la diferencia entre el sexo prematrimonial y el amor total de entrega deja de ser tan clara.

En los tiempos que corren, los católicos deben poner en práctica la siguiente frase de Sheen: «lo correcto sigue siendo correcto aunque nadie lo crea y lo incorrecto sigue siendo incorrecto aunque todo el mundo lo haga» (95). O como diría el papa emérito Benedicto, «la verdad no se determina mediante un voto de la mayoría». Mientras haya un Dios por encima de nosotros, siempre habrá verdades objetivas; aunque todo el mundo apoye el aborto y la anticoncepción, la verdad no cambia.

En un anuncio reciente, Planned Parenthood tuvo la osadía de mostrar un vídeo de un bebé sonriente y risueño con el título: «Ella merece ser una opción». Nunca he visto un ejemplo más claro de cómo Satanás desvirtúa lo bueno y lo bello. Si bien es cierto que todo niño tiene derecho a ser deseado y a venir al mundo a través del matrimonio, los bebés que llegan por sorpresa son igualmente una bendición. Dios puede llevar a cabo obras magníficas hasta en las situaciones más inesperadas y aunque tener un bebé no haya estado en nuestros planes, Dios ha tomado la decisión de enviarlo al mundo. Ninguna persona es un error. Dicho todo esto, Planned Parenthood me hizo sentir realmente especial porque ¡soy un bebé de la PFN! Mis padres eligieron intencionadamente dar vida trayendo un tercer hijo al mundo aunque ya tuviesen un niño y una niña. El mundo pensaba que esto era todo lo que necesitaban para ser felices, ¡pero ellos eligieron más!

Desde el caso Roe contra Wade se han perdido 60 millones de vidas a causa del aborto y la tasa de divorcio ha subido al 50%. Mucha gente considera que la Iglesia es un código de reglas que esclavizan a la humanidad. Pero en medio de la miseria y la catástrofe en la que se encuentra el mundo, la luz de la Iglesia guía nuestros pasos en el camino de la libertad. El plan de Dios no incluye los desamores ni las enfermedades; Él nos creó para el amor y la alegría auténticos y nunca comete errores. Siguiendo su plan podremos vivir de forma libre, total, fiel y fecunda.

Referencias

Zia, Mark. The Enduring Faith and Timeless Truths of Fulton Sheen. Franciscan Media, 2015.

I’m a junior computer science major at Franciscan University of Steubenville. I enjoy computer programming, spending time with friends, and being with Jesus in front of the Blessed Sacrament. I am very charismatic and long to see the Body of Christ united and the Kingdom of God alive, as all pour out their praises to the One who is their Love.

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