Restaurados: Jesús nos Trae una Nueva Vida


Escrito por Ellie Bixenman, Catholic University of America

Traducido por Purificación Rodríguez

Cuando vemos el rostro de Jesucristo en un cuadro, ¿cuál es el primer pensamiento que se nos viene a la cabeza? La mayoría de las veces, Jesús parece estar muy lejos de nosotros al ser presentado con tanto poder por sus cualidades divinas. Pero ¿pensamos alguna vez en lo unido que está a nosotros por ser también hombre? Para entender esta cercanía es preciso comprender también por qué Dios decidió hacerse hombre. La razón por la que eligió encarnarse fue su deseo de restaurar nuestra visión, llevarnos a la salvación y, en definitiva, mostrar su inmenso y profundo amor por nosotros. Para demostrarlo, me basaré en las Escrituras y en el planteamiento que hace Atanasio sobre esta cuestión en su obra La encarnación del Verbo.

Para empezar, debemos entender por qué la especie humana necesitaba la salvación. Del mismo modo que miramos la imagen de Cristo en un cuadro, debemos mirarnos a nosotros mismos. Las cualidades de los seres humanos se construyen sobre las complejidades de cada uno. Sin embargo, de esta base sobresale el hecho de que la humanidad necesitaba y sigue necesitando ser salvada. Antes de que nuestros cimientos se hicieran añicos, nuestro deseo y amor por Dios y por los demás estaban estrechamente relacionados y eran perfectos. En Génesis 1 podemos ver cómo Dios creó todo, desde las galaxias hasta cada uno de los granos de arena, y cómo nos entrega su amor de forma tan desinteresada. Incluso cuando el ser humano aún no existía, creó un lugar para nosotros. Al insuflar vida a Adán y hacer a Eva a partir de su costilla se nos dice: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno».[1]

Todo lo que había hecho antes era bueno, pero el ser humano era muy bueno. En este momento, Adán y Eva se sentían satisfechos. No buscaban llenar el hueco en su corazón destinado a Dios porque sus corazones ya estaban llenos de Él. A pesar de todo esto, cayeron. Cuando Eva escuchó las mentiras que le decía la serpiente, su visión se empañó. Los cimientos que Dios creó a partir del soplo de su aliento se hicieron añicos cuando Eva creyó que era Dios quien mentía sobre su propia identidad y sobre quién era ella. Tras comer ambos el fruto del árbol del bien y del mal, se avergonzaron al instante y huyeron de Dios. «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron». [2]

En este momento comenzó la decadencia del conocimiento que Adán y Eva tenían de su identidad en Aquel que los hizo. Dios llamó a Adán, que había desaparecido, y este respondió: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».[3] La base creada por el amor de Dios se rompió. A partir de entonces, Adán y Eva tuvieron que vivir en un mundo en el que la visión que tenían de sí mismos, de los demás y del Padre estaba distorsionada. Esta pérdida de la capacidad de ver a Dios les impidió amar de la forma para la que fueron creados.

Durante su exilio, Eva dio a luz a dos hermanos: Caín y Abel. El vacío que solo Dios puede llenar está ahora presente en el corazón de todos los seres humanos y arrastra al hombre hacia el pecado. A causa de este vacío, Caín deseaba a Dios y quería amar y ser amado. Pero, debido a su visión borrosa, no fue capaz de ver que tan solo Dios podía llenarlo. De esta manera, el hombre cayó una vez más al matar Caín a Abel. Génesis 4:12 dice: «Cuando cultives el suelo, no volverá a darte sus productos».[4] Caín no fue el último en convertirse en un vagabundo en la tierra. Generación tras generación, los seres humanos han buscado a Dios. Muchos desconocían que solamente Él los colmaría o, incluso, qué era lo que buscaban. Por más que nos esforcemos, nunca podremos encontrar solos lo que buscamos. No podemos salvarnos a nosotros mismos.

Por eso, como escribe san Atanasio, Cristo bajó a la tierra, no para abandonarnos como nosotros hicimos con Dios, sino para salvarnos llevándonos de nuevo a Él. Según explica, «cuando la mente de los seres humanos descendió a lo perceptible, el Verbo mismo quiso aparecer a través de un cuerpo para que, como ser humano, pudiera conducir a los hombres de nuevo hacia Sí mismo volviendo a estar dentro de su percepción sensorial, y que entonces, tras verlo ellos como humano, pudiera persuadirlos, mediante las obras que realizó, de que no era solo un hombre, sino Dios y el Verbo y la Sabiduría del Dios verdadero».[5]

El hecho de que Dios se haga hombre por medio de Jesucristo ayuda a la humanidad a entenderlo mejor. Ahora lo vemos como Alguien que es semejante a nosotros. A través de su amor por el hombre, Dios sabe que los seres humanos no somos capaces de comprender del todo la cercanía entre la humanidad y Aquel que nos hizo. Ver al Dios que lo creó todo con sus manos haciéndose hombre y caminando por esta tierra —teniendo, por ejemplo, una risa particular al igual que otras personas— despeja la niebla que cubría los ojos de la humanidad.

Restaurar nuestra visión nos lleva de vuelta a casa, ya que ahora sabemos lo que buscamos para satisfacer nuestro deseo de llenar el vacío que creó la caída. Tras haber despejado esa niebla que cubría nuestros ojos, ahora somos capaces de reconocer nuestra identidad en Aquel que nos hizo vivir de acuerdo con ella, tal y como lo hicieron Adán y Eva en el Edén antes de la caída.

Como resultado, ahora experimentamos el amor profundo e inalterable que Dios tiene por nosotros y sentimos la necesidad de compartirlo con los demás. Es por ello que San Atanasio afirma: «Porque los seres humanos rechazaron la contemplación de Dios y —como hundidos en un abismo con la mirada hacia abajo— lo buscaron en la creación y en las cosas perceptibles, convirtiéndose así en dioses mortales y demonios, por esto Aquel que ama a los hombres, Salvador de todos, toma para sí los sentidos perceptibles de los seres humanos para que los que piensan que Dios está en las cosas corpóreas puedan, por lo que el Señor hizo a través de las acciones del cuerpo, conocer la verdad y, por medio de Él, le consideren el Padre».[6]

En resumen, Dios deseaba convertirse en hombre para restaurar nuestra visión y llevarnos a la salvación. La humanidad conoce la verdad al conocer a Dios como hombre en Jesucristo; al ver a Jesús con claridad, comenzamos a entender y ver a Dios con claridad. La verdad de nuestra identidad en Él nos permite recibir el amor perfecto que Dios tiene por nosotros, para que podamos corresponder ese amor entre nosotros y, en última instancia, de regreso a Él.

Editado por Christopher Centrella


[1] Génesis 1,31

[2] Génesis 3,7

[3] Génesis 3,10

[4] Génesis 4,12

[5] Saint Athanasius the Great with an Introduction by C.S Lewis, On the Incarnation, Yonkers, New York: St. Vladimir’s Seminary Press, 2011,66

[6] Saint Athanasius, On the Incarnation, 65

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