Redefiniendo la Felicidad


Escrito por Rachel Hamilton, Universidad Franciscana

Traducido por Purificación Rodríguez Campaña

“Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió”. (Juan 1:5)

Lo creáis o no, la felicidad y la alegría no son lo mismo. No dejéis que las pelis de Pixar os confundan, chicos, por mucho que se esfuercen en conseguirlo.

La felicidad no es una emoción que te domina cada vez que “decide imponerse”. Y su existencia en un momento dado tampoco depende de tus circunstancias presentes ni de cómo te sientas ese día.

Más bien, la felicidad es como el sol: a pesar de que su claridad  cambie según el clima de las emociones, siempre está ahí. La felicidad está arraigada en la verdad; no dejamos de confiar en que este “sol” volverá por muchas veces que se esconda.

La alegría, en cambio, se basa en la ilusión circunstancial de nuestras “condiciones meteorológicas” del momento. Cuando las nubes oscuras y amenazadoras nos impiden ver el sol, afirmamos “hoy no hay sol” y sustituimos esta condición meteorológica “soleada” por otra “tormentosa”. La alegría es efímera y temporal, y en un intento sin éxito de alcanzarla, nos daremos de frente con la lluvia de la desesperación.

Entonces, si la búsqueda de la alegría no es más que un círculo vicioso, ¿dónde se puede encontrar la felicidad? La respuesta es la siguiente: a semejanza del sol, la felicidad reside mucho más allá de lo terrenal. Aunque la tierra permita entrever la luz del sol, estos destellos están limitados por las interferencias de los factores terrestres.

Fíjese en la letra de una de las canciones que probablemente haya escuchado últimamente: Joy to the world (felicidad para el mundo). No dice felicidad del mundo, sino felicidad para el mundo…

Felicidad para el mundo porque a pesar de nuestro necio rechazo hacia la Fuente de nuestra energía, a pesar de nuestra oposición a Lo que nos rodea a través de nuestra naturaleza, Su amor superó nuestra obstinación.

«Pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron». (Isaías 53:5)

Felicidad para el mundo porque el Hijo ha venido en medio de nuestro caos provocado por nosotros mismos para iluminar la Tierra con la Verdad.

«Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». (Juan 18:37)

Felicidad para el mundo porque, gracias a Él, ni siquiera tenemos que temer a la muerte. Con Su muerte nos ha permitido vivir nuestro destino, que no es encontrar la gloria en la Tierra, sino después, pues fuimos creados para la vida eterna.

«Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido». (Apocalipsis 21:4)

«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?». (1 Corintios 15:55)

Felicidad para el mundo porque, si vivimos para Él, ya no tenemos que vivir para este mundo roto; las circunstancias de esta vida ya no son terribles, sino que albergan el principio de Su triunfo.

«Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo». (Juan 16:33)

«Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia». (Mateo 6:33-34)

«Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria, ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno». (2 Corintios 4:16-18)

Por encima de todo, felicidad para el mundo porque, a través del sacrificio amoroso de Jesucristo, nuestra unión con Dios ha sido restaurada; Él siempre permanece con nosotros, incluso cuando nuestro mundo nos haga creer lo contrario:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (Salmos 23:4)

«¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha». (Salmos 139:7-10)

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». (Mateo 11:28-30)

«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». (Mateo 28:20)

Así que, por muy duro que sea tu sufrimiento a veces, recuerda que es solo una ilusión temporal: la felicidad no te ha abandonado. Ten siempre presente la verdad de que la felicidad, puesto que viene de Dios —que está siempre con nosotros—, será, por ello, sempiterna. Y elige alegrarte, confiando en el plan del Señor para ti:

«Pues sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza». (Jeremías 29:11)

¡Que la felicidad inunde el mundo!

Editado por Christopher Centrella

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