Palabras de Esperanza: Divina Misericordia

Share on facebook
Share on twitter
Share on reddit
Share on email

Para más información acerca de este tema, vea el siguiente vídeo:

Escrito por Christopher Centrella, Franciscan University

Traducido por Purificación Rodríguez

Admitámoslo: vivimos en tiempos difíciles. Además de esta reciente pandemia de coronavirus, hay mucho caos en nuestro mundo actual. Muchas personas luchan contra un profundo dolor emocional y mental. Otras tantas creen que sus vidas son inútiles y carecen de valor, que no pueden tener esperanza, que no merecen ser perdonadas ni rescatadas; que nadie podría amarlas si supieran lo que han hecho.

¿Cómo debemos responder ante esta crisis? Bueno, preguntémonos primero cómo está respondiendo Jesús. ¿Está acaso gritando a los que han actuado en contra de Su plan sobre sus vidas como hizo con los fariseos arrogantes que juzgaron al pecador y se olvidaron de su propia necesidad de la misericordia de Dios? ¿Está considerando que estas personas están perdidas para siempre, diciendo que han metido la pata demasiado y que no pueden ser redimidas, a pesar del intenso dolor que esta pobre gente pueda sentir? No, Él ha respondido con un mensaje de esperanza, esperanza.

En las Escrituras se nos dice que «habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse». Aunque Jesús conoce el mal del pecado mejor que nadie, su corazón rebosa de amor por los pecadores. Él percibe nuestro dolor, y nos ama; lo único que espera es nuestra respuesta en la que aceptemos su amor misericordioso. En Juan 8 podemos leer: «Entonces los escribas y los fariseos trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y la pusieron en medio. Le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. Ahora bien, en la ley, Moisés nos mandó apedrear a esas mujeres. ¿Y qué dices tú?”»

Al encontrarse con esta pobre mujer, ¿qué hizo Jesús? ¿Empezó a gritarle por haber infringido la ley sagrada de la castidad y del matrimonio, puesto que Él, siendo Dios, tendría derecho a enfadarse por su pecado? ¿Acaso cogió una piedra y le dijo a la multitud: «Apedreadla. Por haber atentado contra la sagrada dignidad del matrimonio, será condenada a muerte»?

En lugar de eso, ¿qué es lo que hace? Después de recordar a la multitud que nunca debemos juzgar los corazones de los demás, ya que nosotros mismos somos pecadores y le hemos ofendido durante nuestra vida, habla con la mujer a solas. Entonces Jesús, seguramente mirándola con unos ojos llenos de amor, le pregunta: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Tras responderle ella que nadie la ha condenado, Él la perdona. Animándola a vivir una vida de castidad de aquel momento en adelante, Jesús perdona a esta pobre mujer por medio de estas palabras consoladoras: «Tampoco yo te condeno. Vete, [y] de ahora en adelante no peques más».

En otra ocasión se nos cuenta lo siguiente: «Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, se enteró de que estaba comiendo en casa del fariseo […] Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora”».

¿Acaso Jesús responde: «¡Uy! Permítame recordarle la santidad del matrimonio. Solo los que son judíos ortodoxos pueden entrar aquí. Tus pecados están mal y serás condenada»? No, Él sabe que esta pobre mujer ha acudido a Él en busca de esperanza, esperanza de que tal vez no esté todo perdido. Esperanza de que tal vez las enseñanzas del rabino sean ciertas, esperanza de que quizás pueda ser perdonada. Esta mujer corre hacia Él, y «llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfumen». Ella reconoce su pecado, le da todo lo que tiene —su precioso ungüento— y busca el perdón.

¿Qué dijo Jesús sobre esta mujer? Desde lo más profundo de su cariñoso y misericordioso corazón, le contesta al fariseo con estas preciosas palabras, que dan esperanza a todo hombre y mujer sea cual sea su pecado: «Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y con una mirada que debió darle el mayor alivio y esperanza le anuncia: «Tus pecados han quedado perdonados» y «Tu fe te ha salvado; vete en paz». Ha sido liberada. Ha quedado libre de la esclavitud del maligno, libre de su pasado, libre de su pecado, devuelta a la vida y a la amistad con Dios.

Jesús es Dios; Él conoce mucho mejor que nosotros la maldad del pecado y la forma en que nos daña a nosotros mismos, a nuestros hermanos y hermanas y a Dios. Sin embargo, la gran diferencia entre Él y los fariseos arrogantes era que en Él había amor, un amor muy profundo. Jesús podía sentir el dolor de aquella mujer como lo sentiría Él si fuera el culpable. De hecho, toda su vida estaba dirigida hacia la cruz, donde fue desnudado y crucificado como si hubiera cometido un grave delito aun siendo completamente inocente de todo pecado.

Y después de esta horrible muerte, ¿qué es lo primero que hace Jesús? No habla con Pedro, su «roca», ni con Juan, que era su apóstol favorito. No, habla con una pecadora que «amó mucho» y fue perdonada. Habla con María Magdalena, muy probablemente la misma mujer que derramó su ungüento sobre los pies de Jesús, la mujer de la que fueron expulsados siete demonios. Es a ella a quien se le aparece por primera vez Jesús. ¿Y qué hace? La llama por su nombre, porque con Jesús somos conocidos y amados individualmente, sea cual sea nuestro pecado, sea cual sea el daño que nos hayamos hecho a nosotros mismos o a los demás; solo está esperando a que acudamos a Él.

Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

En 1925 Jesús comenzó a aparecerse a una mujer llamada Helena —ahora conocida como santa Faustina— para dar a conocer su gran misericordia. En el Diario de santa María Faustina Kowalska Jesús afirma: «Mi Corazón rebosa de gran misericordia por las almas, y especialmente por los pobres pecadores. Si pudieran entender que soy el mejor de los Padres para ellos y que es para ellos que la Sangre y el Agua fluyeron de Mi Corazón como de una fuente desbordante de misericordia. Para ellos habito en el tabernáculo como Rey de la Misericordia»[1]. En otra parte encontramos que Jesús nos dice que a aquellos que proclamen su gran Misericordia: «Yo Mismo los defenderé en la hora de la muerte como Mi gloria aunque los pecados de las almas sean negros como la noche; cuando un pecador se dirige a Mi misericordia, Me rinde la mayor gloria y es un honor para Mi Pasión. Cuando un alma exalta Mi bondad, entonces Satanás tiembla y huye al fondo mismo del infierno»[2].

Después de Santa Faustina, Jesús envía a otro gran apóstol para difundir su gran misericordia, Karol Wojtyla, conocido como el papa san Juan Pablo II. Cuando era joven, Karol se detenía a rezar ante el Santísimo Sacramento de camino al trabajo en la misma capilla en la que Faustina rezaba, y en 1943 o 1944 pudo ver por primera vez la imagen que Jesús le regaló[3]. Mientras era obispo de Cracovia en Polonia, el cardenal Karol Wojtyla defendió firmemente la canonización de Faustina y el mensaje de la Divina Misericordia. En 1978, el Papa san Pablo VI anuló la antigua prohibición impuesta al diario después de que se aclararan los malentendidos[4]. Ese mismo año murió el papa Pablo VI y Juan Pablo II se convirtió en el pontífice de Roma.

En su segunda encíclica, Dives in misericordia, Juan Pablo II nos invita a traer el amor de Jesús a nuestro mundo: «En el nombre de Jesucristo, crucificado y resucitado, en el espíritu de su misión mesiánica, que permanece en la historia de la humanidad, elevemos nuestra voz y supliquemos que en esta etapa de la historia se revele una vez más aquel Amor que está en el Padre y que por obra del Hijo y del Espíritu Santo se haga presente en el mundo contemporáneo como más fuerte que el mal: más fuerte que el pecado y la muerte»[5].

En otro párrafo, Juan Pablo nos dice: «Conservando siempre en el corazón la elocuencia de estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles»[6].

El 30 de abril de 2000, san Juan Pablo II declaró santa a Faustina, estableciendo además el domingo después de Pascua como Domingo de la Misericordia en respuesta a la propia petición de Jesús a sor Faustina. En la comida de ese día, san Juan Pablo II compartió con los presentes que «hoy es el día más feliz de mi vida»[7]. De hecho, este gran apóstol de la misericordia murió en la vigilia de la fiesta del Domingo de la Misericordia, justo después de recibir la preciosa sangre de Aquel que quiso llevar a todas las personas sin importar su herida ni su dolor.

Entonces, ¿cómo hemos de dirigirnos a nuestros hermanos y hermanas que creen que el placer es el principal objetivo y no reconocen su propia dignidad como seres creados a imagen y semejanza de Dios y con capacidad para unirse a Él? Son cuatro simples letras. AMOR. Debemos ser testigos vivos de su amor delante de aquellos con los que nos encontremos, creando así lo que el papa san Juan Pablo II llamó «civilización del amor»[8]. Debemos difundir este hermoso mensaje de misericordia presentado en las apariciones a santa Faustina y por el gran papa de la misericordia, san Juan Pablo II, así como ahora por el papa Francisco.

No olvidemos nunca la inmensa misericordia de Dios ni juzguemos a los demás basándonos en las apariencias. He conocido a través de historias o incluso personalmente a gente que ha sido tratada como si fuera inferior por aquellos que se declaran católicos; personas que han sido juzgadas de este manera por sus opiniones políticas o porque han sido consideradas, por una u otra razón, grandes pecadores. Queridos hermanos y hermanas, es una vergüenza para nosotros como cristianos apartar a estos pobres hijos; nuestra respuesta debe ser el amor, no el juicio. Cristo se sirve de los débiles para avergonzar a los fuertes (cf. 1 Corintios 1,27) y está invitando a todos los que han caminado en las tinieblas a entrar en la luz (cf. Isaías 9,1-2) y a los que sufren a encontrar su consuelo en Aquel que está locamente enamorado de ellos. Así pues, llevemos el AMOR de Jesucristo a cada persona que encontremos, hombre o mujer, santo o pecador, liberal o conservador, más cercano o más lejano al Señor.

Recordemos a TODAS las personas con las que nos encontremos que son AMADAS, que hay ESPERANZA, que Cristo las llama, que camina a su lado en su dolor, que está presente en sus mayores angustias y temores, y que está con ellas también en su depresión más profunda. Que cuando todo parece que está perdido, que la esperanza es imposible y el dolor no se va a ir, que estamos atados para siempre al pecado y la vergüenza, en medio de todo esto, Él está aquí con nosotros, caminando a nuestro lado y pidiéndonos que le entreguemos nuestras batallas. Si le dejamos que nos transforme, nos perdonará nuestros pecados, nos dará vida y nos unirá a Él. Que el Señor te dé su paz.


[1] Diary of Saint Maria Faustina Kowalska, Sister Faustina, https://liturgicalyear.files.wordpress.com/2012/10/divine-mercy-in-my-soul.pdf, accessed July 24, 2020.

[2] Ibíd.

[3] Knights of Columbus Supreme Council, “John Paul II: An Apostle of Mercy”, YouTube video, 7:43, https://www.youtube.com/watch?v=XeiEkZ6ktKQ&list=LLBht6u5QBQhs3Rsx_Px-7Cg&index=12&t=0s, accessed July 28, 2020.

[4] Ibíd

[5] Dives et Misericordia, Pope St. John Paul II, http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30111980_dives-in-misericordia.html, accessed July 24, 2020.

[6] Ibíd

[7] Knights of Columbus Supreme Council, “John Paul II: An Apostle of Mercy”

[8] Letter to Families, Pope St. John Paul II, http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/en/letters/1994/documents/hf_jp-ii_let_02021994_families.html, accessed July 28, 2020.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Follow Us!

Enter your email address to subscribe to this blog and receive notifications of new posts by email.

Join 319 other subscribers