La Eucaristía y Juan 6: la perspectiva de un antiguo protestante

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Escrito por Jack Morgan, Auburn University

Traducido por Rafael Martínez

Unos de los asuntos que más dividen a los protestantes y católicos es lo que creemos que ocurre durante la celebración de la cena del Señor. Los católicos —y, de hecho, todas las antiguas sectas cristianas— han creído siempre en la «Presencia Real de Cristo en la Eucaristía». Es decir, que durante la comunión, el pan y el vino se convierten en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo. Cesan de ser simples pan y vino. Es, como Cristo dice en la última cena, «[Su] cuerpo» y «[Su] sangre» (Mt 26,26-28; Mc 14,22-24; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,24-25). Eso explica por qué San Pablo plantea esta pregunta en 1 Corintios 10,16: «El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?»

Sin embargo, los protestantes se han opuesto a lo largo de la historia a esta doctrina como si no fuera bíblica. Habiendo venido de una comunidad protestante que creía que la comunión era un mero símbolo, decir que la comunión es literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo era equivalente a una blasfemia o idolatría. Sin embargo, cuando estudié la sagrada escritura y la iglesia primitiva, empecé a darme cuenta de que estaba equivocado sobre la eucaristía y que, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, la eucaristía es la fuente y cumbre de nuestra fe. De hecho, desde el principio del cristianismo la eucaristía ha sido el centro del culto cristiano. Todo en la misa católica —cada respuesta, arrodillarse, etc.— está diseñado para prepararte para recibir la eucaristía, porque es el Señor mismo a quien vas a recibir. Además, es a través de la eucaristía que Cristo comparte de la manera más íntima su amor por su esposa (la Iglesia) y cumple su promesa de estar siempre con ella (Mateo 28,20).

La creencia en la Presencia real de Cristo en la eucaristía está arraigada en la sagrada escritura. Para concretar más, la teología católica sobre la eucaristía se basa en gran medida en la cena de la pascua judía y su cumplimiento en el nuevo testamento a través de Cristo, quien es el Cordero (Pascual) de Dios. El pasaje más extenso que apoya la creencia católica en la Presencia real de Cristo es el discurso del «Pan de Vida» en Juan 6,22-63 cuando Cristo exhorta a una multitud de sus discípulos a «comer [su] carne y beber [su] sangre».

Para entender mejor el contexto, es importante tener en cuenta dos cosas. Primero, el enfoque central de Juan en su evangelio es que Jesús es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1,29). Esto es una referencia a la narrativa del Éxodo en el antiguo testamento. Durante la pascua del éxodo, Dios ordenó que los israelitas escogieran un cordero inmaculado (Éxodo 12,5) «y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas» (Ex 12,5-8). Como resultado de consumir la carne del cordero y rociar la sangre del cordero sobre el dintel, la muerte pasó de largo por las casas de los israelitas durante la décima plaga del éxodo.

En segundo lugar, cabe destacar que Jesús escogió dar a conocer su enseñanza acerca de «comer su carne y tomar su sangre» (para tener la vida eterna) durante la celebración judía de la Pascua (Juan 6,4). Esto no fue una mera coincidencia.

Si tomamos primero Juan 6,22 vemos que la multitud había seguido a Jesús a Cafarnaúm. Esta multitud, que había estado presente cuando se dio de comer a los 5.000, parece que había seguido a Jesús porque quería más pan. Cristo entonces les dijo, «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre». Después hay una conversación breve sobre el maná que Dios Padre dio a los israelitas durante sus andanzas en el desierto hacia la tierra prometida. El maná era el pan que vino milagrosamente del cielo. Cristo dijo «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo… Yo soy el pan de vida». Juan ya identificó a Cristo como el cordero pascual y ahora Cristo se identifica con —y como el cumplimiento de— el maná que bajó del cielo para alimentar a los israelitas durante su camino en el desierto en busca de la tierra prometida. Esto es importante y volveremos hablar sobre ello al final. Jesús entonces dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Juan 6,51).

Después de esto, la multitud de judíos murmuraron cuestionando a Jesús porque parecía absurdo que Cristo pudiera darles su carne (Juan 6,52). No hay duda de si los judíos entendieron las palabras de Cristo como para ser tomadas literalmente o no. Uno puede entender por medio de la evolución de la conversación que la multitud judía se ofendía cada vez más y más por las palabras de Cristo. Es importante comprender que el mandamiento de Jesús de comer su carne y beber su sangre hubiera sido absolutamente escandaloso para los judíos de su tiempo, pues era algo prohibido por la ley mosaica (Deuteronomio 12,23). Como anotó el profesor Brant Pitre en su libro Jesus y las Raíces Judias de la Eucaristía, «el pueblo judío no podía consumir la sangre porque “la vida” o “el alma” (En hebreo “nephesh”) del animal está en la sangre. Como se dice en Levítico 17,11: “la expiación por la vida se hace con la sangre.” Aunque se sigue investigando qué significa esto exactamente, hay un cosa que sí que está clara: en el mundo antiguo, el pueblo judío se conocía por negarse a consumir la sangre». Jesús sabía que lo que decía sería interpretado como una blasfemia y como una incitación a violar la ley. Por la naturaleza escandalosa de sus palabras muchos lo dejaron de seguir (Juan 6,66). Si hubiera estado hablando de manera metafórica, Jesús habría podido corregirlos fácilmente por malinterpretar su enseñanza. Hay precedente para esto, pues Cristo hace lo mismo varias veces en los evangelios, como en Mateo 16,5-12, cuando los discípulos tomaron sus palabras literalmente al hablar de los fariseos, cuando estaba usando una metáfora para referirse a su enseñanza e incredulidad.

Sin embargo, Cristo insistió en su enseñanza diciendo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida» (Juan 6,53-55). Si tenemos en cuenta el lenguaje usado aquí, la idea de la interpretación literal —aunque perturbe o pueda ser ofensiva— se hace más obvia. En Juan 6,50-53 encontramos diferentes formas del verbo griego phago, que significa «comer». Después de que los judíos expresasen su incredulidad ante la idea de comer la carne de Cristo, Jesús intensifica su lenguaje. En el versículo 54, Juan empieza a usar la palabra trogo en vez de phago. Trogo es definitivamente más gráfico, ya que significa «masticar» o «roer», como cuando un animal está arrancando la carne de su presa. Cristo está enseñando a sus discípulos que deben literalmente comer su cuerpo y sangre, verdadera comida y verdadera bebida.

Mientras estudiaba Juan 6, descubrí a los «Padres Apostólicos». Estos son un grupo de líderes de la iglesia primitiva que eran discípulos de los apóstoles y encargados de defender la fe en los siglos I y II. El que más influyó en mi conversión fue Ignacio de Antioquía, discípulo de Juan el evangelista (autor de Juan 6). Para entender mejor el contexto, Ignacio era obispo de Antioquía, lo que lo convirtió en uno de los líderes de más alto rango de la iglesia. De camino a ser condenado a muerte en Roma por ser cristiano, escribió siete cartas a cristianos que se encontraban en Éfeso, Filipo, Roma, Magnesia, y Esmirna. En su carta a los esmirniotas les advierte:

«Observad bien a los que sostienen doctrina extraña respecto a la gracia de Jesucristo que vino a vosotros, que éstos son contrarios a la mente de Dios. […] Se abstienen de la eucaristía (acción de gracias) y de la oración, porque ellos no admiten que la eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo, cuya carne sufrió por nuestros pecados, y a quien el Padre resucitó por su bondad. Los que contradicen el buen don de Dios perecen por ponerlo en duda» (Carta a los Esmirniotas 6,2 ; 7,1 [A.D 110]).

Aquí Ignacio está específicamente advirtiendo a los esmirniotas del peligro de los docetistas y gnósticos, que eran dos grupos heréticos que no creían que Cristo viniera por medio de la carne. Ellos creían que solo parecía tener carne y que el cuerpo de Cristo era totalmente espiritual. Se nos menciona algo sobre ellos en una de las epístolas de Juan:

«Pues han salido en el mundo muchos embusteros, que no reconocen que Jesucristo vino en carne. El que diga eso es el embustero y el anticristo» (2 Juan 7).

Sin embargo, para recordarles que Cristo de hecho sí que vino en la carne y tomó naturaleza humana, Ignacio toma la eucaristía en vez de la sagrada escritura. Ignacio les recuerda que Cristo verdaderamente vino en la carne porque la eucaristía es su carne.

En su carta a los Romanos, Ignacio también hace referencia al mandamiento de Jesús en Juan 6 de no trabajar «por el alimento que perece» (Juan 6,27):

«No tengo deleite en el alimento de la corrupción o en los deleites de esta vida. Deseo el pan de Dios, que es la carne de Cristo, que era del linaje de David; y por bebida deseo su sangre, que es amor incorruptible.». (Carta a los Romanos 7:3 [A.D 110]).

También llama a la eucaristía «la medicina para la inmortalidad» en su carta a los efesios:

«Para obedecer al obispo […] en unidad de mente, rompiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, y alimento para vivir en Jesucristo por siempre».

Justino el Mártir, quien es considerado por muchos como el primer «apologista» del cristianismo, también da testimonio de la enseñanza cristiana sobre la eucaristía a mitad del siglo II:

«A este alimento lo llamamos Eucaristía. A nadie le es lícito participar si no cree que nuestras enseñanzas son verdaderas, ha sido lavado en el baño de la remisión de los pecados y la regeneración, y vive conforme a lo que Cristo nos enseno. Porque no los tomamos como pan o bebida comunes, sino que, así como Jesucristo, Nuestro Salvador, se encarno por virtud del Verbo de Dios para nuestra salvación, del mismo modo nos han ensenado que esta comida -de la cual se alimentan nuestra carne y nuestra sangre – es la Carne y la Sangre del mismo Jesús encarnado» (Apología 1, 66 [A.D 151]).

Ireneo de Lyon, otro Padre Apostólico, también testifica la Presencia Real de Cristo en la eucaristía diciendo:

“Entonces estos dos elementos reciben la Palabra de Dios y se convierten en la eucaristía, que es el cuerpo y sangre de Cristo” (Cinco Libros [A.D. 180]).

Podemos saber gracias a estos primeros testigos que a la segunda y tercera generación de cristianos los apóstoles les enseñaron a creer que la eucaristía era el cuerpo y sangre de Cristo.

Sin embargo, hay millones de protestantes que rechazan la creencia en la Presencia Real, normalmente mencionando el versículo 63 para intentar refutar la interpretación tradicional de esta sección. Aquí Cristo dice «El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». ¿Acaso muestra este versículo que Jesús está hablando metafóricamente porque dice que la carne no sirve para nada? No. Primero, lo que se presupone aquí es que la expresión «la carne» se refiere a la carne de Cristo, como su cuerpo y sangre. Pero Cristo nunca dice «mi carne no sirve para nada», dice que la carne no sirve para nada. En el nuevo testamento, esta frase se usa para referirse a la naturaleza humana separada de la gracia de Dios (i.e., separada de la vida del Espíritu).

Hay numerosos ejemplos de esta comparación entre espíritu y carne en las cartas de Pablo (Rom 8,5; Gal 3,3, 5,16-25, 6,7-8). Además, Cristo no está presentando una dicotomía entre el mundo físico y el mundo espiritual. Más bien está diciendo que nuestra naturaleza separada de su gracia y la vida del espíritu no sirve para nada. En segundo lugar, y lo más importante, el contexto del pasaje es fundamental. Cristo está respondiendo a la incredulidad de la multitud. Están rechazando sus palabras y ofendiéndose porque están dependiendo de su propia comprensión (i.e. la carne). En cambio, Cristo dice que sus palabras están «llenas de Espíritu y vida», lo que significa que sus enseñanzas están llenas del mismo Espíritu que da vida. Esto es lo contrario de lo que entiende la multitud.

Otra objeción que presentan los protestantes es la siguiente: El cuerpo humano solo puede estar en un lugar a la vez. El cuerpo de Cristo está en el cielo, por lo que no es posible que esté presente en la eucaristía. Esta teoría, que fue popularizada por los reformadores protestantes Ulrich Zwingli y Juan Calvino, es común entre los protestantes reformados. Esencialmente, suponen que está presente su divinidad, pero que su cuerpo y sangre glorificada están ausentes. Como R.C Sproul dijo, «La teología reformada rechaza la Presencia Real de la humanidad de Cristo como algo que pone en peligro la cristología bíblica. Cristo posee una verdadera naturaleza humana con un verdadero cuerpo humano, y un verdadero cuerpo humano no puede estar presente en más de un lugar a la vez. La creencia católica y romana de la cena hace que el cuerpo de Jesús esté presente en varios lugares simultáneamente». Pero lo que se presupone aquí es que el cuerpo resucitado de Cristo tiene las mismas limitaciones que nuestros cuerpos.

No hay ningún lugar en la Biblia donde se diga que el cuerpo humano está limitado a no poder encontrarse en más de un lugar a la vez, y sabemos por Pablo que el cuerpo resucitado de Cristo es vivificado por el Espíritu, en comparación con nuestros cuerpos mortales. Si Cristo es Dios mismo, verdaderamente infinito, y su cuerpo resucitado es animado por el Espíritu Santo, ¿debemos sorprendernos que Jesús pueda hacer algo milagroso con una naturaleza humana limitada? Jesús pudo dar de comer a multitudes, incluyendo 5.000 hombres, con solo 5 panes y 2 peces, milagro que se muestra en los 4 evangelios (Mateo 14, Marcos 6, Lucas 9 y Juan 6). Si Cristo puede increíblemente superar el fin de la existencia del pan y agua, ¿por qué no podría superar los límites aparentes del cuerpo? Especialmente si, como hemos visto, la sagrada escritura revela a Jesús como el cordero pascual del nuevo testamento (Juan 1,29, 1 Cor 5,7), y el cordero pascual no solo se ofrecía, sino que también se comía en una comunión sacrificadora (Ex 12,5). Si la eucaristía fuera puramente un símbolo, ¿no haría eso que «la cena del Señor» fuera un cumplimiento un poco decepcionante de su precursor de la Antigua Alianza (1 Cor 11,17-34)?

Ahora que se termina este debate, es necesario considerar por qué es importante la presencia de Cristo en la eucaristía. Un buen amigo una vez me preguntó: «Incluso si Jesús está presente en la eucaristía, ¿por qué importa?” Primero, importa porque Cristo dijo que debemos «comer [su] cuerpo y beber [su] sangre» para tener la vida eterna (Juan 6,54). Pero también para mostrar por qué es importante la Presencia Real de Cristo en la eucaristía, debemos regresar a cuando Cristo se presentó como el cumplimiento del maná del Éxodo. Para entender el significado del maná, referenciado por Cristo en Juan 6, necesitamos entender la tipología. Un tipo es una persona u objeto en el viejo testamento que presagia una persona u objeto en el nuevo testamento. Según Pablo, Adán era un tipo del que iba a venir, es decir, Cristo. En Éxodo 16, después de llevar a su pueblo por el Mar Rojo (un tipo del bautismo) y al desierto, dio a su pueblo el milagroso pan del cielo (maná) para mantenerlos en su viaje a la tierra prometida. En Éxodo 16,31 encontramos que el maná sabía a torta de miel y que era blanco como la leche. La tierra prometida, Canaán, era un lugar del que manaba «leche y miel». La tierra prometida es un tipo del cielo, el desierto (y el viaje de los Israelitas a la tierra prometida) es un tipo del peregrinaje cristiano en la tierra, y el maná es un tipo de la eucaristía o la cena del Señor.

Esto significa que, como cristianos, somos llevados por las aguas del bautismo (el Mar Rojo) para ser liberados de la opresión y esclavitud del pecado (Egipto). Después, viajamos por nuestras vidas (el desierto) mantenidos por el cuerpo, sangre, alma, y divinidad de Cristo (el maná) que sabe como nuestro destino, el cielo, que es la unión con Dios a través de Cristo (la tierra prometida). Mientras peregrinamos por este mundo, Cristo ha decidido mantener a su prometida con su propio cuerpo y sangre para que, como los Israelitas durante la Pascua, la muerte pase de nosotros y podamos alcanzar nuestra patria verdadera: la tierra prometida del cielo.

Editado por: Paul Gillett

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